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Opinion

MIGUEL ANDREIS | Negro y tuerto…

Escribe: Miguel Andreis      –       Por mucho tiempo se sostuvo que la lealtad era un parámetro de la racionalidad. Las teorías se contraponían. Se contraponen, en realidad nunca se pudo demostrar que así fuera… por el contrario, hay quienes consideran que se trata de una expresión empática de lo emocional. Poco importa eso, lo que sí se conforma en un factor de irreversible sensibilidad, es el sentir que ese afecto incondicional proviene de esos amigos entrañables de cuatro patas. Los perros.

Lo de aquel día fue una sorpresa que al hombre lo conmovió. Estaba allí con la mano extendida y una expresión que lo explicaba todo. Espiaba con un solo ojo, el otro había desaparecido de su rostro. Vaya a saber cómo fue la verdadera historia, él no lo contaría. No podría.

Diciembre de 1999; la mañana comenzaba a apretar la piel y el paisaje del río se mezclaba con la perspectiva humana que sale a consumir el aire de la costanera en pasos más o menos apurados.

Uno de los bañeros, que solía apostarse cerca de las compuertas, se acerca hasta la casa de un profesional en ciencias económicas, que vive sobre la misma costanera y le comenta que en un recoveco, junto al viejo puente, yacía desde hace varios días, con la cabeza destrozada, un perro moribundo. Lo buscan, cargan en el auto y llevan a una veterinaria. El perro, de color negro, tenía la mitad del cráneo comido por los gusanos. A simple vista se lo observaba muy grave. Le dicen que deberá quedar internado. Aparentemente lo habían golpeado con un hierro o algo cortante que le hizo estallar la masa encefálica. Tenía la cabeza achatada. Su estado de inconciencia se prolongó en una larga lucha entre la vida y la muerte. Muy lentamente comenzó a moverse “estos perros vagabundos tienen una fortaleza increíble” sostuvo el veterinario, agregando que “si se salva quedará tuerto ya que los gusanos le comieron un ojo”. Diariamente el bañero y el contador iban a observar la evolución del “desconocido”. Lo habían encontrado tirado y como toda referencia se supo que alguna vez apareció y se aquerenció en el lugar. No existían más datos. Sin embargo y, curiosamente, en franca mejoría, el irracional daba la impresión de comprender que la visita era para él. En realidad, lo era.

——–

Una semana más tarde debió desocupar el espacio en la clínica de pequeños animales. A quienes lo acercaron hasta el nosocomio no le cobraban la internación, sí, parte de los gastos en medicamentos. Arreglaron abonar en cuotas. Ninguno de quienes comedidamente se tomaron el compromiso de auxiliarlo, tenían espacio en sus casas. Ya la habitaban otros perros. Ambos adoptaron la determinación de dejarlo nuevamente en el lugar donde lo encontraron, un desagüe del viejo puente. Allí cada mañana se turnaban para colocarle el curabicheras- cicatrizante, llevarle el alimento y, junto con un pedazo de carne darle las pastillas de antibióticos. Operación que se repetía en horario de la tarde. La herida comenzó a cerrar del mismo modo que el ojo que, efectivamente, ya no recuperaría jamás.

Una tarde llegan con la “merienda” y el “Negro tuerto” ya no estaba más. Había desaparecido. Los pensamientos se entrecruzaron, hubo quienes argumentaron que posiblemente un auto acabó con su vida, otros que, como tantos, se alejan detrás de una perra en celo… También se pensó que el vagabundo volvía a su tarea natural, vagabundear ¿pero dónde? Se lo rastreó por varios lados en el intento de no cortar el tratamiento con antibióticos. El sondeo fue en vano.  Como al descuido un bañero le comenta al colega: “el Negro tuerto, ese perrito que llevaron ustedes a curar lo vi por la noche en el Festival de Doma del parque de Villa Nueva. Andaba como nuevo entre los asadores”. Tampoco lo encontraron en dicho sitio.

No tuvieron más datos hasta que…

Febrero de 2000. El sol colaba sus rayos flamantes entre las ramas de los sauces de la Costanera, la gente pasaba caminando o corriendo como siempre. En una vivienda ubicada casi sobre la Costanera y calle Mendoza, alguien golpeaba la puerta. El hombre, contador de profesión, sorprendido porque los golpes se repetían con sonido de un rasguño, abre la puerta y se encuentra con el  Negro tuerto que le estiraba la mano en forma de saludo y movía la cola con la velocidad de un ventilador. El rostro de ese animal encerraba una actitud nunca antes vivida por el mismo. Sin embargo. no fue solamente el saludo y el contexto de la coyuntura que lo conmocionó, algo más lo sobrecogió: jamás se pudo explicar cómo el animal encontró su domicilio. Estaba allí, parado y mirando fijo por su ojal lagañoso, estaba allí, para agradecerle que le haya salvado la vida. Se quedó un rato, dejó que lo acariciaran y partió nuevamente. Esa visita desde entonces se prolonga una o dos veces al mes, manitos extendida y un gruñido de satisfacción. Lo mismo hace cuando encuentra al bañero en cualquier lugar. Se para, mueve la cola y extiende la mano. El continúa andando por allí, recibiendo los cucuruchos de helado de los chicos, o paseando un hueso sin mayores historias. La pasada semana estaba detenido en la puerta del Anfiteatro mirando desde abajo esos miles de seres que iban y venían sin verlo. El sí los veía… Es el Negro Tuerto, vaya a saber por dónde andará, vagabundeando, por dónde. Y seguramente nunca se enterará cuanto tenemos que aprender los racionales de él… cuanto, a la hora de decir, simplemente, gracias…

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