fbpx
Opinion

MIGUEL ANDREIS | Cuando Diego Maradona le salvó la vida a un cura villamariense

Sacerdote Oscar Duarte

Cuando Diego Maradona le salvó la vida a un cura villamariense…

Escribe: Miguel Andreis

Se me cerró la garganta. Los dedos se inflamaron sobre las uñas. Alguien me dijo que es endorfina. Pensé que esta sintomatología se desparramaba en el mundo. El anuncio de la muerte de Diego, si el Diego, sonó a una trompada de Mike Tyson en el rostro de la humanidad. La finitud de Diego Armando Maradona llegaba a su fin. El ídolo más grande que diera el fútbol de todos los tiempos, en todos los continentes, se volvió inexorable. Vaya a saber el por qué, desde hace uno días y sin acercarme al teclado le insistía a un querido amigo, José Escamilla, los datos sobre el sacerdote Oscar Duarte. Si aún está con vida. La respuesta que me llegó es que en la actualidad el cura vive en el barrio Parque Norte.

El lector se preguntará qué tiene que ver Maradona con el religioso.

Oscar Duarte, fue párroco en distintas iglesias de Villa María. Un día, allá por los ochenta, recibe la comunicación de parte del Vaticano que debería ir a misionar a la República del Chad, país africano, de eternas guerras tribales. De hambre constantes y niños de ojos saltones y vientres abultados porque el hambre no entiende de perdones.

 

El Chad es un país sin litoral ubicado en África Central. Limita con Libia al norte, con Sudán al este, con la República Centroafricana al sur, Camerún y Nigeria al suroeste y con Níger al oeste. Chad se encuentra dividido en tres grandes regiones geográficas: la zona desértica del norte, el árido cinturón de Sahel en el centro y la sabana sudanesa fértil al sur. Chad es el hogar de más de 200 etnias. El árabe y el francés son los idiomas oficiales, mientras las religiones con más seguidores en el país son el islam y el cristianismo. Se estimaba por entonces en unos 11 millones de habitantes. Oscar Duarte, apenas con unos bolsos y, estimativamente ubicado camino a los cincuenta. Comienza el derrotero hacia dicho país, solo con dos radios, dos canales de televisión y tres o cuatro periódicos. La travesía fue larga, canoas de tronco, incómodas e inseguras, lo llevaban cortando ríos. Todo era peligroso. Descubrir ese mundo no fue fácil para Duarte. La violencia era una alimentación cotidiana. Después de unos años, un tiempo de vacaciones que el permiten volver a la ciudad Villa María y reencontrarse con su familia. Allí desde El Diario, me piden que le realice una entrevista sobre lo que implicaba un cambio tan drástico de cultura. De vivencias, de interpretación de la teología. Hermoso desafía, aún más fascinante historia…

Duarte describe minuciosamente las contradicciones de poderes maquiavélicos; de las contradicciones entre el islán y el cristianismo. Sin embargo, algo había que los unía…

El misionero levanta la mirada hacia el infinito, quiere que ni el más mínimo detalle se le escape… Y no se le escapó.

“Uno de los viejos cuidadores de nuestra congregación, que hablaba muy bien el castellano y el francés, me repetía una mil veces que no me alejara de las inmediaciones de lo que era nuestra parroquia… Creo que fue un domingo a la tarde cuando un griterío de niños vociferaba los goles… Me entusiasmé de tal manera que cuando me di cuenta estaba al borde del precario campo de juego. Yo también gritaba. En un momento un adolescente se pone la pelota bajo el brazo y comienzan a rodearme. No ocultaban sus signos de violencia. Se abalanzaron sobre mí sin hasta el momento golpe alguno.  Un hombre pesado y gritón se puso a mi lado. Como cubriéndome. Era el viejo cuidador, que en Francés les exclama señalándome: “Mara- doná… Mara-doná…. Mara-doná…” acentuando la última “A”. Les explicaba que éramos del mismo país. Argentiná… Argentiná…  Pibes y no pibes se me vinieron encima. Querían tocarme. Acariciarme. Brindarme afecto. Hasta ese entonces no había reparado que salvo uno o dos, los demás no tenían camiseta, solo el número 10 dibujado en sus espaldas…  Pasó el susto y desde ese día tuve carta libre para sumarme a sus picados. Idolatraban a Diego. Al nivel de un Dios…

Chad, con dos emisoras, dos canales de televisión, algunos diarios ¿Cómo podían querer e idolatrar tanto a Maradona? Me lo pregunto aún y no encuentro respuesta. Casi no saben lo que ocurre en el mundo. No lo saben, pero sí quién era Maradoná… el mismo que me salvó la vida sin saberlo… Siempre habrá una oración para él… siempre. Hay que ser grande, grande de verdad para que un hombre con una pelota se vuelva todopoderoso en medio de la selva africana”

Mostrar más
Botón volver arriba