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Opinion

MIGUEL ANDREIS| Crónicas de una casa embrujada…

Buscando, vaya a saber qué cosa, el Colorado encontró en el ruinoso galponcito de la casa de su abuela, una enorme pila de viejas revistas. La mayoría comida por los ratones. Sacudió una por una y comenzó a repasarlas. El olor de ese repugnante bichito era fuerte. Entre cientos de esos ejemplares, dos reflejaban hechos que hicieron historia en la villa, uno, la explosión de una vivienda enclavada en lo que se denominaba por entonces barrio Mansotti (actual Sarmiento), allí hubo algo así como una fábrica de pirotécnia. Una chispa terminó casi con una familia completa y varios de los empleados que trabajaban en el lugar. Había sido nota de topa; y la otra, la otra la recordaba con cierto grado de nostalgia. Él la había vivido. Fue uno de los miles que…

 

Cuando el oficial de investigación Hugo Suárez se enfrentó…

 

Un largo rato se quedó con el semanario en sus manos, repasándolo. Era el “Así”, que por entonces salía con tres tipos de tapas: “marrón”, “verde” y “negro”. El colorido era la introducción a la temática. Su tiraje se sumaba por cientos de miles, también estaba el “Así es Boca”. Un amarillismo periodístico que posteriormente no pocos medios supieron modificar sin perder la esencia. La dirigía Ricardo García, hoy propietario de “Crónica”.

En las dos páginas centrales aludían a un caso que movilizó a “Así” hasta nuestra ciudad: “La casa embrujada de Villa María”, así definían a una vieja casona ubicada en calle Brasil (hoy Rucci) y bulevar Vélez Sársfield. Las crónicas se tornaban en turbadoras, vibrantes. Insospechadas. Es que apenas se ponía el sol, tal sostenían, “comenzaban a volar ladrillos sobre el techo, escucharse llantos de niños, y dentro de la vivienda nada quedaba en su lugar”. En otra parte del texto se referían -foto mediante- al accionar del conocido y corpulento policía de investigaciones Hugo Suárez, que tuvo bajo su responsabilidad el caso, que valientemente ingresó reiteradamente a la morada. Para los pibes ese corpulento (que años después se tiroteara y detuviera a Gorriarán Merlo en la ciudad) se había convertido en un ícono de la mitología del valiente. En la imagen congelada aparece apoyado al Jeep (corto) celeste claro de la Policía. La popular “Lorera” que tanto temían las prostitutas cuando sus cafishos se atrasaban con la obligatoria “cometa”.

El escrito añadía en los detalles la expresión de otros uniformados “que no querían ni pasar al frente de la misma por lo que allí les tocó vivir”. ¡Y salían fotografiados, con nombres y apellidos! Si la última vez que la cana había sido reconocida periodísticamente por su labor fue el treinta y pico cuando luego de una tenaz persecución “boletearon” al temido pistolero “La Chiva Vázquez”. El Colorado no pudo evitar aunar esa parábola del destino. La casa de la Chiva estaba casi al frente de la “Casa embrujada”. ¡Vaya coincidencia!

 

 

 

El viejo inmueble, tenía en su patio, al costado, tres higueras, y un tejido perimetral que cerraba el mismo en forma de “L” (en la actualidad un comercio de aberturas).

 

Villa María era demasiado intrascendente en contextos masivos. Illía todavía no había sido Presidente y el circuito local de televisión no existía; y que grandes medios, como “Así”, o el Canal 12 de Córdoba se llegaran hasta nuestra urbe a cubrir lo que aquí acontecía, se convertía en toda una novedad movilizadora. Verse, al otro día reflejado en la pantalla, superaba lo significativo. Y el Colorado hacía lo imposible por ponerse frente a la cámara. Poco le importaba que en su casa, ese aparato costoso de la modernidad, fuera casi una utopía.

 

Y un chico andando en un triciclo por el techo…

 

Apenas se entraba el sol, esa esquina y parte de ambas cuadras del Vélez Sársfield se constituía en un punto de convocatoria multitudinaria. Miles de ciudadanos expectantes de ver lo “raro”, lo fantasmal, de observar volar ladrillos o los llantos aterradores. Familias completas  tomaban posición en el cantero del bulevar. La policía formaba cordones. Algunos arribaban con equipos de mates y reposeras, quedándose horas con la vista fija en el punto en cuestión. Otros, quizás con menos compromiso a la mañana, pasaban la noche completa. Fue suficiente que alguien aseverara haber observado a un chico andar en triciclo por el techo para que varios más se sumaran a dicha contemplación. Algunos ladrillos caían entre la multitud. A una mujer mayor debieron suturarle la cabeza.  Se trataba de ladrillos que no volaban a causa de una fuerza paranormal ni acciones psíquicas, sino porque no faltaban quienes “graciosamente” se entretenían arrojándolos desde techos vecinos.

Aquello fue un gran acontecimiento popular de lo que se habló por meses y meses. Ningún tema podía adquirir más importancia. Fue motivo de enormes polémicas de las que nadie escapaba: estaban quienes sostenían, desde lo “científico”, que se trataba de casos de levitación, y quienes argumentaban que no era otra cosa que “almas fantasmales” o que los dueños estaban “poseídos” vaya a saber por quién o por qué perfil demoníaco…”. Además, tenía el condimento de estar muy cerca del cementerio.

Pero la villa era demasiada aburrida como para perderse un hecho de esas características…

El Colorado había ido todas las noches y jamás vio otra cosa que una casa vieja, de ladrillos sin revoques y miles de personas esperando sin saber qué… ¡A la distancia suena aburrida aquella villa, donde los grandes medios de comunicación llegaban para filmar o transcribir sólo el producto de la imaginación colectiva! Ésta, la actual fue perdiendo la chatura y ganando altura, las madres ya no amenazan con el cinto, los canas quedaron más cerca del repudio que del amor…  el semanario “Así” desapareció; el canal 12 casi no se ve en nuestra urbe, pero lo que más duele –afirma el “Colo”-… es que ya no hay más casas embrujadas… dicen que no.

Escribe: Miguel Andreis

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