Opinion

JOSÉ NASELLI | ¿Un Dios o un Demonio? Diego Armando Maradona

Escribe: José Naselli   

EL GOL DEL SIGLO

Argentina. 22 de junio de 1986. Un país cargado de naufragios y reveses, ha detenido su pulso. A miles de kilómetros, en el rectángulo verde del estadio Azteca, se está celebrando la misa laica de la pasión más arraigada: El fútbol. Y en millones de compatriotas, los corazones parecen estallar. Apenas 4 años atrás, la sangre inocente de nuestros “niños soldados”, regaba generosa la húmeda turba malvinera. Inglaterra, la “pérfida Albión”, había desbaratado nuestras legítimas pretensiones de recuperar la soberanía usurpada. Ya no hablaban las armas, pero el amargo recuerdo de la frustración de Malvinas, le añadía un condimento especial al encuentro, que, por cuartos de final, librábamos contra el repulsivo inglés. A los 51 minutos, con ayuda divina, (la mano de Dios), Diego Armando Maradona, empujaba la pelota dentro del arco rival y estábamos en ventaja. Y a diez minutos del final, el mismo Diego recibe el balón, aún en su propio campo, y en una carrera de antología, supera a 6 defensores, entre ellos el propio arquero, y anota un segundo gol que pasaría a la historia como “EL GOL DEL SIGLO”, asegurando el triunfo. De los Andes al Plata; de la Puna a la Antártida, más que un grito, un rugido, teñido de revancha y desahogo, retumbó en un eco infinito que todavía perdura. La era maradoniana había comenzado.

EL DIOS

Maradona fue, sin duda, uno de los mejores jugadores no sólo de la Selección Argentina, sino de la historia del fútbol del mundo. Y en la región napolitana de Italia, aún es venerado como tal. Sus intervenciones y goles memorables siguen vigentes. Y al par de sus hazañas deportivas, se cimentó una especie de idolatría hacia su persona, que hoy perdura intacta. Su ex compañero Valdano supo sintetizar este fenómeno: “En el momento que Maradona se retiró del fútbol activo, dejó traumatizada a Argentina. Maradona fue más que un futbolista genial. Fue un factor extraordinario de compensación, para un país que, en pocos años, vivió varias dictaduras militares y frustraciones sociales de todo tipo … ofreció a los argentinos una salida a su frustración colectiva y por eso la gente lo adora como una figura divina”. Y un sociólogo opina: “ refleja las creencias y las necesidades colectivas de los despojados, de los pobres, de los que necesitan creer que Dios está cerca y por eso se identifican con Diego, como antes con Evita“.

EL DIABLO

Lamentablemente, la contracara de sus logros, es conocida por todos. A partir de 1990 comienza su decadencia moral y física. Desavenencias con sus representantes, y con su ex entrenador Bilardo, lesiones musculares y otros problemas de salud, pero, sobre todo, sus caídas y recaídas en el tenebroso mundo de la drogadicción y sus largos procesos de rehabilitación. Su divorcio con Claudia Villafañe y sus tristísimas secuelas judiciales. Problemas con el Fisco Italiano. Adicción a las bebidas alcohólicas. Denuncias por violencia de género, y quizás lo más doloroso, las reiteradas demandas por paternidad, algunas resueltas por negociaciones monetarias o judiciales, otras en proceso, pero demostrativas de su desapego a las más elementales responsabilidades de filiación y de sangre.

EL HOMBRE

Su reciente re inserción en el fútbol argentino, como Director Técnico de Gimnasia y Esgrima de la Plata, ha propiciado el retorno de los fantasmas del pasado del “Maradona Personaje”. En todos los ámbitos se oyen opiniones muy diversas. Su presencia parece generar una “grieta subsidiaria” a la “gran grieta nacional” ya existente. Para cierta mayoría, estamos en presencia de un nuevo Dios. Para muchos otros, representa lo contrario. Un reflejo más de la argentina contradictoria de siempre. Porque Diego Armando Maradona, ni es Dios, ni es Satanás. Es un SER HUMANO, con todas las connotaciones de lo que eso significa. Es un ser como cualquiera de nosotros, cuya racionalidad se ha visto afectada por sus errores, por su entorno, por la historia de su niñez y su incapacidad para sostener una vida distinta. Dentro de ese cuerpo arruinado por la droga, los excesos, las enfermedades, y también los años, convive un alma, un espíritu, que es lo que caracteriza a todas las PERSONAS HUMANAS que como tales, conllevan una dignidad intangible, innegable. El espíritu es lo que nos hace a todos los humanos IGUALES, como sujetos de derechos básicos e inalienables. Aún y cuando esa persona haya desconocido los derechos de otros. Ni idolatría ni condena. Respeto por la persona. Mientras, recordemos el episodio evangélico de la lapidación de la prostituta y las palabras de Jesús. AQUÉL QUE ESTÉ LIBRE DE CULPA, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA.

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