Opinion

Hay que dejarla tranquila a Evita

Hace escasas horas cuatro miembros de la Confederación General del Trabajo de la República Argentina, a través de un comunicado, informaron a la sociedad que le pidieron al Cardenal Primado Mario Poli “que se inicie en el año del Centenario de su Natalicio, el proceso de Beatificación de la señora María Eva Duarte de Perón”, más conocida como “Evita”.

Los argentinos durante décadas nos hemos capacitado en el siniestro arte de perder el tiempo, de discutir, polemizar, sobre cuestiones que nos dividen y que nada tienen que ver con un intento de salir el pozo negro en el que habitamos.

Ponerse a debatir la posible y difícil canonización de nuestra Evita poco importa a los verdaderos intereses nacionales. Sería como hacerle transitar otro proceso de padecimiento a Eva Duarte: ya sufrió mucho, déjenla en paz.

En un diálogo privado que debe estar grabado Juan Domingo Perón le dijo al escritor y novelista Tomás Eloy Martínez que “Evita es un producto mío”Por lo tanto, en todo caso, habría que santificar a Juan Domingo Perón su verdadero “Creador”.

A la hora de la verdad, Perón frente al reclamo de la central de trabajadores de la época, evitó designar a Evita candidata a vicepresidenta de la Nación. Lo hizo frente a las fuertes presiones en contrario de la Iglesia, primero, y de otros sectores relevantes de la vida nacional. En definitiva su decisión tendió a salvaguardar el proceso revolucionario que él encabezaba.

A esta altura de nuestras vidas Evita no necesita más testimonios del amor que despertó en una parte de la población. Ahí están, como mudos testigos de ese reconocimiento, las plazas, las calles, los bustos que llevan su nombre.

Por si faltara algo más está su imagen glorificada en el edificio del Ministerio de Bienestar Social de la Nación, copiado del singular estilo castrista de la Plaza de la Revolución de La Habana. No es en vano, con ese estilo, su presencia en el edificio de la Avenida 9 de Julio. No nos engañemos, aquí, en los 70, se uso a Evita para desmerecer a su Creador, a Juan Domingo Perón.

Ya en 1969, frente a un país que comenzaba a arder por todos sus costados y las disputas sindicales amenazaban la unidad de la columna vertebral del peronismo, el dirigente Jorge Daniel Paladino le advirtió a su líder: “Le ruego que le dedique unos minutos a la tesis marxista sobre Evita que desarrolla (Raymundo) Ongaro. La conclusión es muy clara, separar a Eva Perón del Peronismo como paso previo para una transformación y utilización posterior”. Eran horas de acechanzas y el consejo de Paladino guardaba una gran dosis de verdad. Lo que vino más tarde con “Evita Montonera” fue una tragedia que, entre otras cuestiones, les costó la vida a Augusto Timoteo Vandor, José Alonso y José Ignacio Rucci.

En una carta que Perón le escribió a SS el Papa Paulo VI reconoce que “el Vaticano salvó el cadáver de Evita” y, en medio de una espuria negociación por la devolución de su cadáver, le dice que lo más “atinado” sería que antes de volver a descansar a su tierra podría hacerlo en España “con la información y explicaciones debidas a mis compatriotas”.

El Perón que volvió el 17 de noviembre de 1972 y, definitivamente, el 20 de junio de 1973 dejó a Evita descansando en Puerta de Hierro. No la expuso ni la tironeo con intereses bastardos. Tan bastardos como –sin consultar con su esposo- levantar en 1952 un inmenso monumento en su memoria en plena Plaza de Mayo, tras voltear los edificios de la Intendencia y el diario La Prensa (intervenido).

Para obtener el inicio del proceso de beatificación (el Nihil Obstat) será necesario lograr algunas “evidencias” (pruebas) que lo habiliten. Luego, como aconsejaba Perón como destino a causas sin sentido, formar un Tribunal, luego una comisión de censores, más tarde una comisión de teólogos y luego otros requisitos que hacen que la causa, sin darnos cuenta, se extienda al infinito.

El problema no es el infinito, la cuestión es hoy porque los firmantes del comunicado que solicita la beatificación acompañaron con su presencia al presidente electo Alberto Fernández durante la asunción del gobernador de Tucumán. Por lo tanto, como buenos justicialistas, deben haber consultado con el novel “conductor”.

¿Opina lo mismo Fernández? La pregunta no es irrelevante, más si se tiene en cuenta que unas pocas horas después pronuncio un discurso plagado de alabanzas a la figura del ex presidente constitucional Raúl Ricardo Alfonsín. ¿Presume Fernández si Alfonsín acompañaría la beatificación de Evita? Lo pregunto en voz alta porque Alfonsín acusó de “munichismo” al abrazo sincero y pacificador de Perón con Don Ricardo Balbín, que al decir del jefe radical “amigó” a la sociedad.

Finalmente, éstos creyentes de la Iglesia Católica Apostólica y Romana que le hacen el pedido al Cardenal Mario Poli ¿respetan el pensamiento del Vaticano en todas las cuestiones que defiende el heredero de San Pedro? Si no es así bueno es recordarles que la Iglesia no es un buffet del cual uno se sirve lo que le place. No es cuestión de recordar una frase que sobrevolaba Buenos Aires en los años 50, pero resulta útil que la conozcan las nuevas generaciones: la singularidad era entronizar “una nueva religión con Evita en los altares”.

No es aconsejable sumergir al país a un debate, o a una nueva grieta, en medio de los profundos desafíos que deben superarse después de tantos desatinos. Como enseña Michael LeBoeuf, un profesor de administración de negocios: “Perder el dinero es eso, perder dinero. Sin embargo, perder el tiempo significa perder la vida”.

Por Juan Bautista “Tata” Yofre -extraído de INFOBAE

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