fbpx
Opinion

El mayor atajador de penales

 

La inseguridad y las dudas

Lo leí hace años… Nunca pude saber si se trataba de una crónica

deportiva o una ficción mítica de las tantas que genera el deporte

más popular del mundo. Lo cierto es que un periodista

checo referenciaba a Renier Paolov, un arquero polaco, a quien

apodaban algo así como “langosta” (eso es lo más parecido a la

traducción). Su agilidad y velocidad mental abrumaban a los rivales.

Me llamó la atención una situación que jamás se me habría

ocurrido de no haberlo leído.

 

Dicen de él, que fue uno de

los guardametas que mayor

cantidad de penales contuvo.

Casi invulnerable.

Me atrapó la descripción.

El atajador, cuando debía

enfrentarse a un rival desde

los once pasos, se paraba

en uno de los postes,

por entonces cuadrados y

riesgosos, por los cortes

que generaban con sus

filos de ambos lados. Sin

perder la calma, aguardaba

dos cosas, la orden del

árbitro y el movimiento del

ejecutor ya camino hacia

el balón. Lo primero que se

me cruzó por la mente, que

sería simple vulnerarlo,

solamente tendrían que

shotear la redonda de cuero

hacia el poste opuesto.

Demasiado simple. Sin

embargo, el escribiente

planteaba todo un desafío

a la lógica, teniendo en

cuenta que esta disciplina

tiene un alto componente

de emoción y otro tanto de

racionalidad.

En las declaraciones de

este cancerbero, militar

de profesión, sostenía que

ante tanta ventaja -todo

el arco a disposición del

shoteador- les promovía

dudas. (Recordemos que

las dimensiones reglamentarias

del arco de fútbol

profesional son de 7,32

metros (8 yardas) de ancho

por 2,44 metros (8 pies) de

alto). Lo que implicaba que

daba 7 metros de ventajas.

Y las dudas desde los once

pasos suelen ser terribles

para quien se supone tiene

algunas ventajas.

Paolov usaba siempre

la misma técnica, la de

apoyarse en un poste,

solo que cambiando si él

disparador le daba con la

derecha o izquierda. Su

formidable agilidad amedrentaba.

En dos trancos

se movilizaba de un poste

a otro. Observaba hasta el

mínimo gesto del árbitro.

Sabía que cuando llevaba el

silbato a la boca no demoraría

más de cinco segundos

en hacerlo sonar.

Para ese instante, preciso

momento donde el botín se

hundía en el esférico, él ya

había logrado uno de sus

objetivos: poner nervioso

al pateador. Y explicaba

que todo exceso se vuelve

sospechoso. Y la ventaja

de espacio que daba era

obviamente sospechosa.

Nervios e inseguridad casi

son sinónimos en la acción,

lo que en general hacía que

le dieran para cualquier

lado. Su metodología era

simple, ante la toma de

carrera e inclinación del

ejecutante, corría hacia la

mitad del arco, y casi como

una gacela giraba en el aire

hacia atrás si era necesario.

Casi siempre la apuntaban

al medio. Parado con

su metro noventa y ancho

pecho, no tenía demasiado

problemas en atraparla. En

general, pocos lo fusilaban

hacia el poste contrario. Lo

concreto es que la redonda

quedaba entre sus manazas.

Hasta se llegó a pensar

– y escribir- una teoría de

hipnosis. Que hipnotizaba

al ejecutante.

Lo cierto es que lo que

generaba el portero era inseguridad.

Dudas. Y nada

es tan eficiente para anular

a un rival como las dudas.

Se torna en la manera

más efectiva de invalidar

las improntas de un contrario.

Le quitaba todo

atisbo de potencialidad.

Nunca vi a nadie hacerlo,

ni supe que en nuestro país

alguien pudiera aplicar

esa técnica. Solo pensé que

habría hecho Renier frente

a aquel brillante José Rafael

Albretch, del San Lorenzo

a quienes definieron

como “los matadores”. El

tucumano N° 6 quien jamás

erró un penal.

Tal vez aquello del arquero

Paolov, solo se trate de

una narración de certeza

incomprobable; claro que

desde entonces la cobijo

como una teoría que no

deja de generarme reflexiones

en todos los órdenes.

Por : Miguel Andreis

Mostrar más
Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
A %d blogueros les gusta esto: