Opinion

Ciudadanía y cuarta revolución industrial: repensar las libertades

Somos cada vez más cyborgs, sin preguntarnos por nuestra seguridad, integridad, ni por cuál es el perfil que los algoritmos trazan de nosotros.

Nuestro sistema cultural, político y normativo ha encontrado su máxima consagración en el artículo 19 de la Constitución, que afirma que las acciones privadas de los hombres y mujeres “que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están […] exentas de la autoridad de los magistrados.” Esta válvula de escape de libertad individual, de límite al accionar estatal y de respeto de las autonomías e intimidades constituye la piedra angular del liberalismo jurídico.

Existen, claro, debates y combates en torno a la pertinencia de la doxa liberal. Las desigualdades y sus orígenes se encuentran incluso en el Discurso sobre el origen de la desigualdad de Juan Jacobo Rousseau. Sin embargo, entiendo que nos encontramos en un punto de inflexión que nos debe llevar a reflexionar en torno a las libertades: el desarrollo de la cuarta revolución industrial.

¿Qué hacer con la hipertrofia de transparencia? Byun-Chul Han, tal vez el filósofo que mejor describe las complejidades de nuestro tiempo, nos invita a pensar sobre los grandes problemas de la sociedad pos-foucaultiana. El panóptico no perspectivista. ¿Qué es esto? Ya no hay una sola torre de control, un observador (el Estado, sus instituciones), y una visión en torno al mismo, es decir, qué se considera normal, qué sano, qué deseable. Estos dispositivos de control/opresión son ahora multipolares. Nos vemos y juzgamos desde todos lados, compartimos nuestros datos personales, hábitos, amistades, familia con diversas corporaciones que, a su vez, generan magníficas ganancias con la información. Colaboramos en forma activa en el desarrollo de nuestras cadenas.

La cuarta revolución industrial está tornando difusos los límites entre la experiencia física y virtual. Somos cada vez más cyborgs. Interactuamos con dispositivos tecnológicos y nos dejamos llevar por la cómoda invitación que a diario nos hace la inteligencia artificial. Ello, sin preguntarnos por nuestra seguridad, integridad, ni por cuál es el perfil que los algoritmos trazan de nosotros.

Lo complejo es que todo, absolutamente todo se encuentra atravesado por esta dinámica. Transacciones económicas, relaciones interpersonales, empleo, educación, ocio, sexualidad, salud, entre otras dimensiones vitales. De esta forma, pensar el rol del Estado frente a la emergencia de gigantes tecnológicos es un imperativo de época. De lo contrario, nuestras libertades e incluso, definiciones estructurales estarán determinadas por las decisiones de quienes dan “vida” a los algoritmos.

Podrán contraargumentar que el Estado, al frente de estas decisiones ha sido (o es) opresor, y que desde allí se segregó, persiguió y se han construido muros y desigualdades. Es cierto, como también lo es que, al menos, la gobernanza en los Estados se abre camino en la tensión dialéctica entre voto, representación popular, corporaciones y lobby. Mejorar las instituciones, la participación ciudadana y la perspectiva de promoción y protección de los derechos humanos es, todavía, uno de los conjuros contra el autoritarismo digital (y contra toda forma de autoritarismo), aquel que desconoce reglas, y que se niega a dar información cada vez que mete la pata, como suponemos que sucedió, por ejemplo, tras la denuncia que vinculó a Facebook con Cambridge Analytica.

He visto y repasado la interpelación a Mark Zuckerberg por parte del Congreso de Estados Unidos en varias oportunidades. La impresión que vuelve una y otra vez es la de una enorme asimetría entre el Estado y los gigantes tecnológicos. No sólo económica o técnica. Actitudinal, cultural, filosófica. Nuestra experiencia vital física y digital, nuestros múltiples y diversos objetos de deseo y el modo en que los consumamos, nuestras relaciones interpersonales y el modo en que ejercemos nuestra ciudadanía digital debe ser receptada al momento de diseñar e implementar políticas públicas.

De lo contrario, encontraremos una superposición de ciudadanías con los protoestados digitales. Sus lógicas y reglas. Sus propios dispositivos de inclusión/exclusión y sus guardianes algorítmicos.

* Director de Proyectos Centro de Estudios para la Gobernanza.

por Jerónimo Guerrero Iraola – La Nacion

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