jueves , 14 diciembre 2017

MIGUEL ANDREIS | Morir danzando…

Escribe: Miguel Andreis   –    El cotejo iba lento camino a Alta Gracia. Pachi observaba por la ventanilla. En minutos llegarían al cementerio parque. Adriana siempre le había dicho en tono de  broma que esa era su última voluntad. Se la cumpliría.  El jamás pensó que ese momento llegaría. La muerte siempre es de los otros.  Siempre. Levantó el volumen del receptor la voz de Alberto Morán sonaba clara. Transparente. Movió las manos en el volante como acompañando al tango… No quiso compartir el móvil de los dolientes. Iba solo. Imaginaba que ella estaba a su lado. Como hacía más de treinta que jamás le dieron espacio a la distancia… El cortejo le sonaba extraño. Que ella… sí, ella…

El hombre que sobrevive bailando

Alexis Zorba, es decir el excepcional, Anthony Quin, bailaba y se hundía en la arena caliente que le bebía los pies. Levantaba los brazos y el estampido de las cuerdas de un requinto cambiaba las estrellas de lugar. Zorba danza frente al mar. Mirá con ese rostro de arcilla cocida. Esboza una sonrisa y los dientes son compuertas de marfil. Es su éxtasis. La Bubulina lo observa embelezada. Es una mujer sin tiempos, enamorada del gigante morocho. Quizás el último amor de una existencia aburrida de cuerpos desnudos jadeantes sobre su vientre cada vez más prominente.  Grecia es una diosa insaciable. Él lo sabe. La toma de la cintura y cruza un beso en el ajado cuello de la francesa. Alexis salta con movimientos precisos. Su estética es milenaria… “el baile es sangre que no se enfría” se dice.

Bubulina lo fastidia cuando le cuenta que ella salvó de la muerte a muchos cretenses. Y que gracias a ella la historia fue diferente. Habla modificando los tiempos y las revanchas. Recuerda los almirantes y oficiales de distintos país que llegaron a esa burbuja de tierra donde habitaba con el fin de tomar ese estratégico lugar. Segunda Guerra. La muerte era apenas un parpadear.  Había que fusilar a los rebeldes. La Bubulina no se los permitió. “Por suerte podía distinguir a la noche el perfume de cada uno. “Nunca me equivocaba de nombre” sonorizaba con orgullo. Los aliados tenían allí su punto de convergencia.  “Lo que le pedía me lo otorgaban… luego yo cumplía con lo mío”. La francesa en esa pequeña isla sobrevive con una vieja pensión con pretensiones de hotel. Sobrevive de visitantes ausentes. Coloca en el fonógrafo un vals y mueve grotescamente las piernas. Las mismas que con su garganta húmeda oficiaron de salvación para cientos de resistentes. Le molesta que ahora nadie se lo agradezca, Ni lo recuerdan, dice. “Una noche me metieron en una bañadera y la llenaron de champagne y allí me zambulleron. Cada uno iba introduciendo su copa y bebiendo. Recuerdo que al otro día tenía en mi cuerpo, un olor a perfume encima de otro. Hasta pude saber quién fue el primero y quién el último”

A Alexis no le gusta que ella le cuente sus vestigios de humedades del pasado. Los machos tienen- tenemos-  por naturaleza que ser celosos. Para un macho el ayer siempre puede ser el presente.  Esos almirantes lo encañonan desde la historia.

Sigue bailando y ríe fuerte. Bebe de una bota vasca y el fino chorro de vino se le desliza por su velludo torso. Levanta un brazo y atrapa un fragmento de emoción que intenta fugarse.

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Pachi acelera las imágenes de su ayer

Demasiado joven para despedirse. Adriana apenas exhaló un suspiro algo así como un rictus sin diccionario de una belleza muy particular. Atrapante.  Ambos amaban el teatro, ambos amaban la danza. Y el tango. El tango le mezclaba las sangres.  La sensualidad que le endurecía los músculos y le gorgoteaba el candor de sus neuronas. Todo aquello sería pasado que no se volvería a repetir. ¡¡ Cuanto de intangible que es el amor!! Se remordió Pachi.  Cuánto. Y lo difícil que se hacía soltarla cuando Pichuco lanzaba a llorar las teclas en ese rezongo que solo él sacaba. El brazo apretando la cintura y el palpitar que se mezclaba en palpitaciones que no perdían el ritmo. Ya nunca más palpitaciones o manos húmedas…

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¡¡Baila mujer, baila!!

Alexis observa a Bubulina. Le grita “baila mujer. Baila. Nada puede atenuar tanto las penas como el baile. Nada puede dimensionar la alegría como la danza. Baila mujer… baila”. Hace un silencio y sin dejar de mover los brazos le susurra “cuando murió mi hijo Dimitri, bailé y todos creyeron que había enloquecido. Ignoran que el baile te transporta. Baila amada”

Anthony Quin se vuelve estremecedoramente soberbio. Brillante. Nadie podría ser Alexis sino él. La arena gira en tirabuzones. Y las cuerdas de su guitarra se mueven solas. “Ningún medicamento calma tanto como el baile” grita mientras un solitario pescador arrastra las redes y lo saluda con respeto.

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Sin tiempos para despedida

Adriana había sentido un dolor extraño en su cabeza. Quiso levantarse y esos hilos azules que naufragan por dentro estallaron en un mar rojo. Perdió el conocimiento. Pachi que era médico supo rápidamente que esos ojos verdes ya nunca recobrarían el brillo. No se despidió. Apenas un apretón de manos. El frío le llegó rápidamente. Se preguntó si ese sería el peor día de su vida. Seguramente sí. Pachi había visto “Zorba el Griego” siendo muy joven, con Adriana precisamente. En un familiar del Ópera. Posiblemente ni se acordaba de aquello que decía Alexis. “Baila, que el baila espanta el dolor. Baila mujer. Baila hombre. La danza es el calmante más fuerte”

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Zorba sabe que el futuro le será avaro.

No le queda mucho. La Bubulina es todo pasado de otros, apenas unas pocas porciones de presente son para él. Los ojos de la que seguramente fue muy bella cuando la piel aún tiraba, era solo una manera de pretender espantar el atardecer. Zorba sigue bailando, parece no cansarse. Baja los brazos y las piernas siguen en movimiento. Flaquean hasta dejarlo con su rostro moldeando la arena. Apenas lo mueve para poder respirar. Se le hinchan las venas de su cuello. Se arrodilla. Había fracasado otra vez con su vida.

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El dolor en soledad

Pachi había decidido ir solo hasta el enterratorio. El grupo de parientes y amigos que formaban el grupo de despidientes  se abrieron en forma de gaviotas navegando el aire. Silencios quebrados por varios sozollos  eran espiados por un sol que se despedía. Pachi caminó unos metros y regresó con su auto. Abrió la puerta del lado del acompañante, introdujo un CD  y los borbotones milagrosos de los dedos de Pichuco le daban forma a Adiós Nonino… Pachi camino hacia Evangelina, su hija, bella como su madre,  la tomó de la cintura y frente a todos comenzaron a desandar la danza. Maravillosos movimientos. Ella tenía acentuado el ADN de Adriana. Ella también encerraba el dolor de la enorme pérdida. Pachi sabía que pocas cosas le gustaban más a su ex  que bailar. Danzar ese tango que vibra en el sentimiento herido. Ese tango que es un apósito al agujero del adiós definitivo. Danza hombre que nada atenúa tanto el dolor como el baila, danza.

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Alexis llora no de dolor. La danza es un trasporte por que no se paga el viaje. Sigue danzando y la Bubulina se enamora cada vez más. Parpadea. Sabe que parpadeando se puede mezclar el ayer con el hoy. La vista se clava en el mar. Se pone de pie, Puede empezar de nuevo en cualquier momento.


Siempre hay tiempo para…

Pachi recibe abrazos. Ellas y ellos le acarician. En él todavía sobrevive el perfume de Adriana. Quizás que por siempre se quedará en su piel. Alexis recuerda a Dimitri y siente que la piel rugosa de la Bubulina se le mete entre los dedos. Ambos saben que bailando la vida tiene más soles que oscuridades.

Siempre hay tiempo para aprender a danzar. Siempre hay tiempo para gambetear las adversidades y retener los hechos felices,  es lento el olvido.  Alexis nos enseñó que no importe que te llamen loco, no importa. Nunca importa ante la muerte.  Siempre hay tiempo para comenzar a danzar….

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