Opinion

MIGUEL ANDREIS | Crónica de una costeleta: Cuando el hambre traiciona la sangre…

Escribe: Miguel Andreis    –   La psicología del hambre se transforma en uno de los mecanismos que mayor dinámica le da a los sentidos… olfato, gusto, vista… Al menos eso aseguran quienes pasaron por  dicho estadío.  Adolfo sin dudas del tema conocía, y mucho. Un morocho  alto y siempre engominado. De joven ofició de guardaespaldas de un conocido dirigente sindical de los años sesenta. Dúctil para las piñas.  En la Capital Federal entre varios oficios  incursionó como “hombre sándwich”, es decir,  cargaba  sobre su espalda y pecho un cartel con publicidad y a caminar sin detenerse. Desposeído de todo rasgo de vergüenza se movía con el honor de un sangre azul.  Ya veterano en Villa María repartía boletines…

Una situación nunca aclarada en Rosario, donde un compinche suyo perdió en una partida de dados los dedos de una mano de un hachazo impiadoso, hicieron que regresara a su pueblo de origen, Ballesteros. Con nadie habló del tema, ni con su hermano Ramón quien le facilitó una parte de la piecita de  4 x3 donde vivía. Ubicada en las afueras del poblado. Techo de cinc y revoques olvidados. “Esto es por unos días Ramón, apenas consiga un pique me voy a vivir solo. Por ahora me vas a tener que aguantar”. Nada respondió el menor  pero echarlo no podía. Claro que conocía el paño, no sería fácil hacerlo morder en un laburo.

La siesta en el Gimnasia y Tiro

Primero tiró lo que en algún tiempo había sido un colchón al suelo, mientras Ramón, tampoco demasiado apegado al trabajo, sobrevivía con las changas que le saliesen. Nunca más de dos días semanales. El invierno de 70 pintaba para duro en todos los órdenes.  El rebusque  de piques era todo un tema.  Ramón comenzó a cansarse de que lo viviera. Él compartía todo, Alfonso nada. “Búscate un laburito, che vago, no pensarás que te voy a mantener toda la vida. Me estás haciendo andar como bolita en lavatorio” le repetía diariamente. Adolfo inmutable. Cuando encontraba una changa nunca se la pagaban según sus dichos “Aquí son todos gringos cagadores”. Moneda que recaudaba, moneda que escondía.  Alfonso a la siesta se  iba para el Club  Gimnasia y Tiro a jugarse unas partidas de ajedrez con el médico del pueblo. Siempre mangueaba un café o té, con el que engañaba al cada vez menos pretencioso estómago. Pelaba los platos de maníes con una velocidad asombrosa. Ni hablar de los días que le servían aceitunas o queso.

Arisco para las changas

Ramón por su parte  era uno de los que iba a hacerse  dos o tres truquitos al club. El morocho grandote llevaba entre los labios el mismo escarbadientes de lunes a lunes.  Una tarde le ofrecen a  Ramón  ir a descargar camiones al campo. Se dijo esta es la oportunidad. Buena changa de una semana con comida incluidas. Le dice a Alfonso prepárate que nos vamos a hacer unas changas al campo. Preguntó cuál era la tarea. De mal gesto le respondió “descargar bolsas de avena…”; “perdóname, no puedo ir, vos sabés que desde chico tengo una hernia que no me permite hacer fuerza… paso”.  Inflado de odio Ramón, guardó silencio y juró vengarse “este vago a mí no me va a cagar  más”. Y entre mate cocidos,  té  con papitas y maníes Alfonso tiró la semana. El hambre se volvía cada vez más pesado, casi lo convencía de la necesidad de trabajar. Al regreso y con algunas chirolas en el bolsillo  Ramón pasó por la carnicería y se compró media docena de costeletas. ¡¡Media docena!!  La falta de heladera  hacía que nunca adquiriese morfi   más que para uno o dos días.

Olfato excepcional

Esperó que Alfonso se fuera al club y se cocinó tres al sartén con cebolla y dos huevos fritos. Les sobraron las otras tres que envolvió en una  bolsa de nylon y a su vez  las  metió dentro de un viejo calzoncillo de media pierna. Las clavó en un rincón de lo que alguna vez ofició de ropero.  Entre la ropa y el olor a naftalina. “Imposible  que las encuentre”. Al menos eso presumió.  Limpió todo y emprendió  el camino al Gimnasia y Tiro.  Alfonso regresó a la piecita y su olfato no lo engañó, su hermano había comido costeletas con huevos y cebollas. ¡¡Hijo de puta…. Vividor!! Pensó en la desesperación. Hasta se animó a presumir  la cantidad de cada cosa engullidas. El aire estaba impregnado. “Tienen que quedar otras. Nunca compra para una sola comida”. Sus cualidades olfativas superaban a las del mejor Pointer de la zona.  Ni las naftalinas ni los envoltorios lo frenaron. En tres minutos las tenía entre sus manos. Segundos después gorgoteaba la roja carne con un huevo que encontró.  Rápidamente  desapareció  todo ese “manjar” en sus fauces. Salió absolutamente distendido también rumbo al club. Antes se pasó un poco de Glostora rebajado sobre una cabellera renegrida.

Error fatal

Displicentemente se para detrás del  compañero de su hermano y comete un error casi  fatal. Había quedado bien de frente a Ramón.  No reparó en un detalle.  Un pedazo del nervio de la carne había quedado en el espacio que alguna vez ocupo una muela. Comenzó a chasquear con la  lengua tratando de despegar al mismo, justo en el momento en que Ramón levanta la vista y observa el  movimiento de su hermano.  Ahí comprendió que todas las precauciones y escondites fueron insuficientes… el mate cocido no se le podía encajar  entre los dientes. Le había dado la cana. Sí… no lo podía creer. El grito de Ramón  fue tan visceral como lastimoso. Sonó a llanto.   Delante de todos se despachó ¡!“vago de mierda… caradura… me comiste las costeletas”!!

(In memoria de un queridísimo amigo de Ballesteros,  Mario Nicosia recientemente desaparecido y narrador de esta historia)

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