Curiosidades

Las mujeres en movimiento. Hacia la equidad de género

Con muchas voces y distintos reclamos, se aprestan a celebrar su día tras un año en el que el debate por la igualdad entre el hombre y la mujer se propagó de Hollywood al mundo y llegó con fuerza a la Argentina.

Cuando William G. Shepard, testigo del incendio de la Triangle Shirtwaist Company (una fábrica de camisas para señoras en Manhattan) recordó aquella tarde del sábado 25 de marzo de 1911, se quedó sólo con eso. Con el nuevo sonido que le trajo aquel día: el de un cuerpo cayendo desde decenas de metros, volando en espiral, haciéndose agua contra el piso. Una, dos, decenas de mujeres, cayendo con el vestido vuelto una mancha hasta llegar al piso y convertirse en eso que él veía: maniquíes descalabrados.

Y muy jóvenes, porque las que saltaban del edificio en llamas eran, en su mayoría, adolescentes recién llegadas de Europa y dispuestas a trabajar de lunes a sábado por un dólar al día. Durante las horas de trabajo, que eran también las horas del encierro, los supervisores trababan las puertas desde el exterior y ya nadie podía salir. También bloqueaban las escaleras, para evitar los robos y la posible llegada de sindicalistas. Si algo pasaba, no había escape. Y algo pasó, y los tres pisos de la empresa (octavo, noveno, décimo) se volvieron una melena de llamas para el edificio Asch. Aquel día murieron 146 personas. La muerta más joven tenía 13 años.

Más allá de las metas pendientes, el año transcurrido desde el último 8 de marzo y este que viene ha sido por demás agitado. Pasó de todo, y mucho de lo que pasó sucedió en lo que podríamos llamar “escenarios inesperados”. No fue sólo en las calles, adonde siempre suceden estas cosas, sino en las redes sociales -ese vaporoso conventillo digital en donde millones de voces anónimas hablan de todo- y también en espacios tan cerrados como las academias y tan públicos como una entrega de premios de alcance planetario. Pasó de todo y en todos lados. Aun cuando hay quienes creen ver el primer indicio en septiembre de 2017 y en la entrega de los premios Emmy.

Ese día El cuento de la criada, la distopía urdida por Margaret Atwood, se llevó algo (8 estatuillas) y dejó algo más: la sospecha de que tanto premio junto era una señal. Hablaba de un cambio de época en donde lo verdaderamente terrorífico para las mujeres era imaginarse volviendo al pasado. De eso está hecho El cuento de la criada: de las pesadillas de hace tres siglos (sumisión, maternidad forzada, dependencia social y económica) proyectadas en un futuro post-apocalíptico en el que Estados Unidos se convierte en una teocracia donde las mujeres solo cuentan como incubadoras humanas y leer está penado con la muerte. Con la llegada de Trump al poder esos fantasmas se reavivaron y, de hecho, cada vez que en algún estado de la unión las mujeres vieron amenazados sus derechos (especialmente los reproductivos) las salas municipales y los juzgados se llenaron, en día de la sesión, de damas antiguas. De mujeres vestidas del color de la sangre, con vestidos de mangas largas y ruedo hasta los pies, tocadas con cofias blancas que no les permitían mirar ni ser vistas. Vestidas exactamente como las criadas imaginadas por Atwood.

“En los Estados Unidos la ola feminista de los 60 tuvo mucha fuerza, pero se había dado sobre todo en las universidades y entre las intelectuales. El nuevo movimiento, en cambio, es mucho más masivo y surge como reacción a Trump, a sus declaraciones y sus actitudes. Se da en todas las ciudades grandes”, apunta Monique Altschule, directora de la fundación Mujeres en Igualdad.

De eso sí se habla

Un mes después, en octubre, The New York Times se atrevió a contar con nombres, fechas y detalles lo que en Hollywood circulaba desde hacía décadas: que el productor Harvey Weinstein era un acosador y que, con la misma soltura con la que exigía a las actrices de su estudio que se presentaran a las entregas de premios vestidas con diseños de su mujer, en privado exigía otra clase de concesiones. Y fueron una, dos, tres actrices (y así hasta llegar a las cuatro decenas) animándose a decir lo que no podía -no debía- decirse: que el rey estaba desnudo, sobre todo en los castings.

Lo demás se sabe: el tout Hollywood salió a solidarizarse con las denunciantes y a tomar distancia del supuesto acosador. Pero, en cualquier caso, algo (algo como una pared de secretos) se había rajado al medio y cada nueva “revelación” (que en realidad no era más que una noticia antigua a la que se había dejado madurar a la sombra) traía otra, y otra, y otra más. El 15 de octubre, apenas diez días después del estallido del “Wainsteingate”, la actriz Alyssa Milano decidió poner en práctica una idea sugerida por una amiga: “Si vos también fuiste acosada o atacada sexualmente, anotá #Amitambién como respuesta a este tuit”. En cuestión de minutos, la respuesta superó los 26.000 “Me Too” y se volvió tendencia.

Fue entonces, comentaría después Milano, que la verdadera dimensión del problema comenzaba a salir a flote. No era Hollywood, ni Weinstein, ni el mundo del cine: era el mundo, a secas, el lugar donde las mujeres recibían a diario la misma clase de trato. De pronto, la cultura del acoso se reveló de lleno y lo que con suerte se comentaba entre amigas se volvió no sólo público sino también viral. ¿Qué había pasado?

“Los movimientos están tomando estado público porque estamos en los ciclos finales de un proceso que empezó hace más de un siglo -dice Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales y docente universitaria especializada en comunicación política-. La sociedad escucha cuando está en condiciones de escuchar, no cuando se habla mucho. No es que los cambios se produzcan ahora porque ?se está hablando más’, sino al revés: se habla más porque hay más gente abierta a una nueva forma de pensar la sociedad en cuanto a la división de géneros”, precisa.

La oleada cruzó el océano y llegó a Francia, a donde bajo el hashtag #BalanceTonPorc(algo así como “delata a tu cerdo”) la periodista Sandra Muller invitó a sus lectoras a una suerte de “escrache” virtual, con nombre y apellido, de los jefes que se habían propasado con sus empleadas. Para dar el ejemplo, la misma Muller contó su experiencia como abusada.

La reacción francesa

Una iniciativa que, más allá de haber resultado catártica para muchas víctimas, podía aproximarse peligrosamente a una caza de brujas en donde cualquier testimonio anónimo podía acusar a un hombre con nombre y apellido. Frente a esto, la reacción no se hizo esperar y un grupo de francesas notables (cantantes, actrices, directoras) se unieron en un alegato común. “La violación es un crimen. La seducción no”, empezaba la carta. Según las firmantes, el movimiento #MeToo no solo conspiraba contra el romance y la seducción sino que, además, corría el riesgo de declinar en un puritanismo al más puro estilo Salem.

La polémica terminó con una inesperada consagración del #MeToo, encarnado en varias de las denunciantes y convertido en Personaje del Año por la revista Time. A modo de justificación de la elección, los editores de la revista explicaron: “Las mujeres que han roto su silencio abarcan todas las razas, todas las ocupaciones y prácticamente todos los rincones del mundo. Son parte de un movimiento que no tiene un nombre formal. Pero ahora tienen una voz”. ¿Una sola?

“Los hechos sucedidos en Estados Unidos, Francia y el resto del mundo tuvieron impacto en el país, así como también lo tuvo el Ni una Menos en el resto del mundo -dice Mabel Bianco, médica y titular de la Fundación para los Estudios de la Mujer (FEIM)-. Pero el movimiento de mujeres, como todo movimiento, no es monolítico. Tiene una diversidad de posiciones y matices, aunque lo caracteriza la unidad en los principios generales. Ese mecanismo favorece consensos que permiten a las sociedades desarrollarse y crecer sin una uniformidad que amenazaría la individualidad”.

Pensar hoy ese magma que es el movimiento global de mujeres como algo alineado en sus reclamos sería, pues, una inocencia. Hoy los reclamos son múltiples, sí. Pero también la dinámica misma de este movimiento promueve las muchas voces, el debate y un modo de pensar y hacer las cosas que es cualquier cosa menos digitado. No hay “voceras” incuestionables ni posturas únicas. Hay una multiplicidad de miradas que, lejos de empobrecer al movimiento, lo vuelve más rico. Más real. Hoy el debate por la despenalización del aborto está no sólo en los medios de comunicación sino en cada mesa, en cada casa. Y por primera vez, luego de años, el debate cuenta con luz verde para llegar al recinto.

Al mismo tiempo, muchos grupos siguen trabajando a la vez sobre cuestiones como el registro de los femicidios. Algo así de básico, así de urgente, fue realizado durante años por una ONG (La Casa del Encuentro) a lo que ahora se agregó el colectivo Mujeres de la Matria Latinoamericana (Mumalá) y -tras las impresionantes convocatorias de Ni una menos, a partir de junio de 2015- también el Estado a través de distintos organismos.

Hoy, además, en un giro inesperado pero -dicen algunos observadores- positivo, el debate por los derechos de las mujeres gana el horario central e irrumpe en el horario de los programas de chismes y las telenovelas.

“Este último año fue muy intenso en cuanto al tema del acoso, el abuso sexual, el acoso en el trabajo, todos temas que se encuentran interrelacionados”, consigna al respecto Raquel Vivanco, directora de la ONG Mujeres de la Matria Latinoamericana que entre otros logros tiene el de haber puesto en números cuánto invertía el Estado argentino en asistir a las mujeres: apenas 80 centavos de peso. “Es interesante ver cómo, tanto en el caso de Hollywood como acá, el hecho de que una primera mujer se arme de coraje y se anime a denunciar hace que las otras se animen a hacer lo mismo. Lo vimos con Weinstein y con Ari Paluch. Al mismo tiempo, al tratarse de personajes famosos se logra instalar en la sociedad la discusión sobre el acoso que vivimos a diario las mujeres, ya sea en la vía pública como en el trabajo o incluso en nuestros hogares. Lo que nos falta ahora es que ese debate que la sociedad y los medios de comunicación exhiben sea parte de la agenda en los tres poderes del Estado. Entre muchas otras cosas, necesitamos que sancione la ley sobre acoso callejero que tiene más de tres años esperando su tratamiento”.

Organizadas

Altschule coincide en que aún falta mucho, pero confía en el poder de las mujeres organizadas. “Durante una de las movilizaciones de este año, compartí el viaje en subte con mujeres que venían de Constitución y que nunca habían tomado el subte ni subido por una escalera mecánica, y que venían a la marcha. Recuerdo la frase de una mujer a su amiga: ?¡No seas cagona! ¿Lo rajaste de tu casa y ahora le vas a tener miedo a una escalera?’ Tampoco hay que olvidar el rol fundamental que han tenido en todo esto los Encuentros Nacionales de Mujeres, que se dan desde 1986 y que actualmente se extiende a más de 50.000 mujeres por año”, concluye.

Durante la entrega de los Golden Globe 2018, ante un auditorio de mujeres vestidas de negro, Oprah Winfrey pronunció el discurso más emocionante de la noche. Y dijo lo que muchas ya habían sentido: que el tiempo del abuso gratuito e impune estaba llegando su fin. Habló de Recy Taylor, chica negra de 24 años a la que seis hombres blancos violaron en 1944, cuando salía de la iglesia. Habló de las denuncias que Recy (ya por entonces casada y mamá de varios chicos) hizo en vano, frente a tribunales que siempre consideraron poco probable que Recy no hubiera hecho nada para “merecer” la violación. Dijo sentirse orgullosa e impactada por todas esas mujeres que han sido lo suficientemente fuertes como para hablar de sus historias personales. “Durante demasiado tiempo a las mujeres no se les creyó. Pero ese tiempo se acabó”. Y esa última frase ( Time’s up) se volvió divisa, remera y consigna. Una que cualquier mujer podría entender porque a ella también le había pasado lo mismo.

“¿Es posible estar a la una de la mañana en un subterráneo vestida sexy?”, le preguntó este miércoles al aire Nicolás Repetto a una doble víctima de abuso. La ropa -no la cultura del acoso en la que nos hemos acostumbrado a caminar, no la venia social al acosador- era la responsable.

Del incendio aquél en la fábrica de camisas que encendió la mecha de tantas transformaciones puede que ya no quede mucho. Que varios de los reclamos por entonces más urgentes ya hayan sido saldados. Con todo, hay una escena de la tragedia de la fábrica Triangle que cifra lo que sigue pasando hasta el día de hoy: en el momento previo al salto, a la hora de elegir entre las llamas y el vacío, muchas de las chicas se tomaron de las manos. Volar hacia lo que fuese, pero juntas. De todas, ésa es la lección que permanece. Y alumbra, todavía.

Fuente: La Nación.

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