Opinion

La noche de la demencia: Génesis de un Holocausto (segunda parte)

Por: JONÁS (EL PROFETA)

  1. EL CUENTO DE LA BUENA PIPA. Los que pasamos las 8 décadas, y conservamos algo de memoria, podemos asegurar que la clase pasiva, fue utilizada siempre como “elemento descartable” por todos los gobiernos y por todos los políticos. Salvo algunos sectores laborales privilegiados, el grueso del pelotón siempre recibió migajas. En algunas ocasiones se mejoraron no tanto los haberes, sino el entorno administrativo que los sometía a padecimientos y humillaciones inaceptables. Durante años y años, quienes habían aportado al sistema sumas superiores a la generalidad de aportantes, acabaron cobrando “la mínima”, en una equiparación realmente injusta. Ni hablar de las últimas décadas donde se probaron sistemas de capitalización, ahorro, (las famosas AFJP), que sirvieron para financiar el bienestar de un grupo de “avivados”. Se imaginaron diversas fórmulas mágicas para el reajuste periódico de los haberes, de las que surgían aumentos cuasi ridículos, aunque se anunciaban con gran despliegue publicitario. A los derechos de la ancianidad se los inscribió majestuosamente en la Constitución Nacional, aunque todo no pasé de ser letra muerta de conceptos puramente literarios, jamás llevados a la práctica. Y ya un poco más acá, en la llamada “década ganada”, cuando a los jubilados se les ocurrió recurrir a la justicia para hacer valer sus derechos, el gobierno utilizó de manera abusiva el método de apelar los fallos, a la macabra espera que el abuelo se muriera y se dejara de joder.
  2. UNA NUEVA PROMESA. Embalado en el envión de un triunfo electoral, el actual gobierno nacional propone un cambio que dice ser estructural, para abrir el camino a lo que se promete como un nuevo armazón institucional que nos lleve al progreso y la felicidad. Y dentro de ese cambio, propone una nueva fórmula de reajuste de los cuasi magros haberes jubilatorios, basado en una explicación que huele a paradoja: Un sacrificio (otro más) de carácter pasajero, y acotado a una reducción pequeña (de un haber ya pequeño), le permitiría avizorar e los abuelos un futuro mejor en cuanto a la preservación del poder adquisitivo del mendrugo mensual que actualmente perciben. Esta propuesta, había sido aprobada sin mayores inconvenientes en el Senado de la Nación, Llegada a la Cámara de Diputados, ARDIÓ TROYA.
  3. LOS PALADINES DE LA JUSTICIA SOCIAL. De la noche a la mañana, un grupo de diputados de la misma extracción política que otros “compañeros”, que días antes habían levantado el brazo aprobatorio en el Senado, denunciaban una oscura maniobra del capitalismo infame, dirigida a meterle a los abuelos la mano es sus ya agujereados bolsillos, y apoderarse de las moneditas que ellos mismos les venían repartiendo en las últimas décadas. En realidad, no es descabellado presuponer que, quizás, algo de razón les asistía. Casi un siglo de promesas incumplidas, son un buen motivo para no creer tampoco ahora, en fórmulas mágicas que casi no se entienden, o que se explican de mil maneras distintas y hasta contradictorias. Pero terminaron mostrando la hilacha de la desvergüenza, erigiéndose en los titiriteros que manejaban sin escrúpulo, la horda de facinerosos y rufianes que sitiaron el Congreso Nacional, con la consigna de alterar el orden institucional y forzar la salida prematura de un gobierno, y reconquistar por la fuerza, lo que habían perdido en las urnas. La conjunción destituyente de una extrema izquierda sin votos ni calor popular, con quienes todavía no aceptan la alternancia democrática, estuvo a punto de sumergirnos en el abismo de la violencia ciega y destructora. Quienes durante años y años usaron a “·los viejos” como parte de un botín electoral, en un rapto de desfachatez inconmensurable, se autoproclamaban los abanderados de los abuelos, los mismos a los que les apelaban los juicios ganados en los tribunales, pero perdidos en los cementerios.
  4. DE CÍNICOS E HIPÓCRITAS. La maratón de las 14 horas de discursos repetidos, cuestiones de privilegio e intentos reiterados de rendir el orden institucional a los delincuentes que sitiaban el Congreso, fue sólo la parte visible de una trama de cinismo e hipocresía. Quienes habían jurado respetar el orden democrático, enarbolaban sus velas encendidas en el polvorín que ellos mismos habían montado. El revanchismo más desvergonzado primaba sobre la prudencia y la cordura. Y aunque por ahora no hayan prevalecido, es menester NO BAJAR LA GUARDIA. Siempre estarán al acecho añorando viejos tiempos, cuando podían disponer de las arcas del estado a su antojo, no sólo para su enriquecimiento personal, sino para seguir amasando el poder del que disfrutaron durante estos últimos años.

 

Mostrar más

Ver también

Cerrar
Cerrar