La “mochila”… de las promesas incumplidas

Dudo un largo rato si contar esta circunstancia o no. La pantalla absolutamente en blanco.  Me freno.  Tal vez pudor. Que se malentienda. Que se malinterprete. Que se considere  una espina de egocentrismo. De vanidad, jactancia o inmodestia. No es bueno auto referenciarse cuando se ingresa en el plano de la literatura narrativa. Lo único que me empuja es  la remota posibilidad de que la presente descripción sirva al menos a una persona. Con uno me doy por satisfecho. Entonces el objetivo de narrarlo estará alcanzado.

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No recuerdo el nombre de la Clínica. Estaba pegada al edificio de la Jefatura policial por la General Paz. Si mal no recuerdo el director de la misma era el doctor Roberto Mercadal.  La respiración de mi madre (Adelina) se hacía cada vez más entrecortada. Los dolores iban creciendo y nada los mitigaba. La diabetes había hecho estragos en su organismo. Los riñones eran dos vísceras inutilizadas.

Tampoco registro  el por qué mi hermana (Tina) se ausentó de la pieza. La otra (Betty) se había ido hacía un rato.  Es desenlace era inevitable y eso me aterrorizaba ¿¡Quién dice que los dolores de los otros, sin son seres queridos, no te duelen!?

Insistimos ante  el profesional sobre  que apelara a calmantes más fuertes. Usó  la palabra morfina aclarando: “cuidado que esto puede llevar a un paro cardio respiratorio. Acelerar la…”. No hizo falta más nada.  Receta y a recorrer farmacias. Cualquier cosa antes que el tormento carnal. Es muy común que una gran mayoría tema más lo que antecede a la muerte que a la misma expiración

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Nunca he sido un buen alumno. Tampoco el peor. La conducta no me ayudaba demasiado y me madre padecía las llamadas desde el colegio -`primario y secundario-. Se avergonzaba. Me reclamaba casi diariamente que  estudiara  y trabajara. Esto último lo comencé a hacer a los 8 años. La economía familiar estaba en rojo. Era el menor y ella, que apenas llegó a cursar en el campo segundo grado me machacaba: “Mi sueño es que hubieras llegado a estudiar en una Universidad… Podés hacerlo si no sos un burro.  Tener un título. Que orgullosa hubiese estado”.  A determinada edad se cree que uno puede detener el tiempo y aferrarse a  lo que considera la verdad absoluta.  “Cómo me hubiese gustado que estudiases en una universidad…” replicaba frecuentemente. Los años que me faltaban de la secundaria los rendí libre en Buenos Aires cuando me había ido con unos tíos a trabajar a su pizzería en la Boca. Uno de mis tíos era muy amigo del director de una escuela que estaba en Devoto por la calle Lope de Vega. No necesité demasiado estudio para finalizar. No dudo que influyeron otros aspectos mucho, pero mucho más que mis verdaderos conocimientos…

 

Le entrego la caja de morfina a una de las enfermeras. Se la inyectarían en el suero. En pocos minutos le encontré una lucidez que casi había olvidado. Me sorprendió que quisiera hablar. No me lo pidió con el carácter de compromiso inclaudicable. Diría que fue peor. Era un anhelo de una o las personas  más importante de mi existencia. Su frontalidad le volvió a aflorar. No buscaba eufemismo para arrojar su pensamiento. “Sé que no tengo para mucho…. Pero te lo digo, me voy diciéndote que me quedó una cuenta pendiente en la vida. Que no estudiaras en una universidad… lo podrías haber hecho tranquilamente…” Sonó a cachetada.  A reproche con pintura de anhelos…”. Más en ese momento. Solo atiné a introducirme en el silencio y cambié de conversación. No había cumplido los 30. Esa carga silenciosa fue una mochila que arrastre por años… para decirlo mejor hasta esta semana que pasó.

 

Marcelo (Barotto) me cuenta sobre la diplomatura en Gestión Política que daba la Universidad en conjunto con la Municipalidad. A los partidos políticos les habían otorgado cupos. Pregunté si había lugar. No pertenezco a ningún partido. Si algo no me sobra es tiempo. Me  consiguió el espacio. La carrera era una  “Diplomatura  en Gestión Política y Gestión de Gobierno “ No falté a una sola clase. Debates fuertes entre los concurrentes. Descalificaciones y miradas encontradas de una realidad. La politización es eso. Aprender a convivir con un pensamiento diferente. El tiempo nos fue atenuando. Conciliando. Aprendimos a escucharnos lo que no era poco.

 

Llegamos a fin de año y para la Tesis o Trabajo final nos juntamos con la contadora Mariana Pajón, fenomenal persona a igual que los otros integrantes, el abogado Carlos Johansen y el Ingeniero Jorge Soria. Laburamos duro  en un desafío nada fácil. La iluminación en Villa María. Habíamos  establecido un contacto que solamente se viven en esas aulas.

 

Este jueves nos entregaron los  certificados de “Diplomados en Gestión Política y Gestión de Gobierno….”.

Salí de la Universidad sintiéndome mucho más liviano. Es como si una mochila se hubiese desprendido de mi espalda. Vaya casualidad el mismo día que finalizaba el curso me llamaron de la ANSES para empezar a conformar el sector pasivo. Ya con varios almanaques encima y casi sin proponérmelo le había cumplido el deseo a mi vieja, la Adelina. Vaya a saber en qué dimensión estará. Estoy seguro que también ella sentirá un alivio.  Las promesas se pagan. Más si son a la vieja…

Salimos  caminando de la UNVM  con mis hijos, mí dos nietas, Rosario y Lupe, mi pareja… y es como que el idioma se me había escapado. Pensé en cuántos, por complejos, temores infundados, prejuicios, preconceptos,  desconocimientos,  no se atreven a cumplir con lo que, supongo de puro “suponedor” nomás, que otros tanto como mi caso arrastran hasta el fin de la existencia esas cuentas pendientes que  nuestros viejos se llevaron en el desconocido  camino a lo etéreo…

Siento que le cumplí a Adelina. Haré una fotocopia y en lugar de flores que hace años no llevo, le pondré el certificado de la diplomatura con el logo de la Universidad.

Cada quien podrá pensar lo que  quiera… cumplir una promesa siempre ayuda a bajar un peso inexistente pero que flecha y encorva….

 

                                          Simplemente gracias.

 

Escribe: Miguel Andreis

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