Opinion

GABRIEL MAGNESIO | KGB: Prisión

Nota escrita por Gabriel Magnesio para El Regional desde París Francia

Vilna, Lituania

Lenin sobrevolaba la ciudad colgado de arneses, tembloroso, con un pulgar menos, lejos de la verticalidad que lo definía. La estatua del guía espiritual soviético era trasladada hacia el olvido. La imagen, por cierto, era suficiente: la URSS dejaba de serlo y el centro de la plaza principal de Vilna quedaba vacía. En frente, los últimos presos eran liberados, resonaba el eco del pasado inmediato.

La fachada es la de cualquier organismo estatal que decidió instalarse en un edificio sobrio y funcional. Absuelto de cualquier sospecha que no sea pura administración, el lugar encarno el terror. Durante medio siglo, el sitio frente a la plaza de la capital lituana fue el bunker del aparato de la policía política de la seguridad soviética: la KGB. Hoy, es el museo de las víctimas del genocidio de Lituania.

En la planta baja y el primer piso el aire es fresco, hay luz natural. Se alinean las oficinas de los funcionarios, todas equipadas para el espionaje estatal según la reconstrucción del museo. La oficina de escuchas telefónicas es pequeña y ordinaria. Desde aquí se decidía la suerte de miles de personas. El funcionario pinchaba las líneas, tomaba notas de las conversaciones, pasaba el informe a su superior y, en general, se detenía al sospechoso, real o imaginario. En el vestuario, los agentes decidían la vestimenta según el caso de la infiltración: ropa de obrero o de burgués. El laboratorio fotográfico permitía revelar las pruebas fatales de los sospechosos.

Una parte del museo está consagrada a la gloriosa y frustrada resistencia lituana. Los partisanos fueron aplastados sistemáticamente desde 1944 hasta 1953. Encarcelados, ejecutados, deportados. Muchos de los que entraban a la central de la KGB no salían, o salían con destino cierto: deportados por unos años, o décadas, a Siberia, donde pasarían una larga temporada de trabajos forzados.

Mientras, los detenidos eran brutalizados en el subsuelo del edificio. Debajo, por unas escaleras angostas se accede a la antigua prisión de la KGB. La cárcel es un túnel agujereado por celdas oscuras y tenebrosas. Los pasillos son apenas iluminados por bombillas diáfanas y esqueléticas que proyectan sombras tenebrosas, propias de una película de espías y conspiraciones.

El espacio está distribuido con rigor. Celdas de tortura para recuperar información, de ejecución, de encierro, de aislamiento, de encierro acústico. Celdas diminutas. En la sala de control, los teléfonos, por supuesto, no tienen teclado: línea única, inviolable y confidencial. La palabra no oficial era criminal.

El patio de la cárcel parece un zoológico. Las celdas, incluso, tienen el techo cubierto con alambres, donde los sospechosos caminaban unos minutos al día, desde donde escuchaban los ruidos de la ciudad, a pocos metros del sufrimiento.

Dentro, en el subsuelo, la humedad es pesada, las paredes oprimen al visitante. Desde una habitación estratégica, a modo de panóptico al ras del suelo, el mirador vigilaba los pasos y el paso de la gente en la calle. Desde aquí se registraba también al próximo número que ingresaría a la cárcel de la KGB.

 

Museo de las víctimas del genocidio de Lituania

Auku St. 2A

  1. +370 524 96 264

www.genocid.lt

 

Gentilezas El Regional

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