Opinion

El temor de los corruptos: El espejo delator

El placer de la lectura me sigue acompañando desde la niñez. Sigo leyendo, a despecho de la televisión y la cibernética, y, todos los días, me encuentro con tesoros escondidos en las páginas de un libro. Hace un tiempo me llegaron textos de un italiano que ya tiene un sitial inamovible, en la historia de las letras y la cultura del país del Dante. Se llama Andrea Camilleri. Quiero contarles a los que tienen la paciencia de leer mis notas, sobre un relato que me impresionó por su profundidad psicológica. Se trata de un bravo comisario, (Montalbano), que sostiene una pesada charla de sobremesa con un amigo, que le confiesa que le envidia la profesión de policía. Tal trabajo, según la óptica de su amigo, coloca a Montalbano en una especie de observatorio privilegiado, desde el cual puede escudriñar el alma de la gente, su profundidad, su tortuosidad, y su complejidad. Días después, el mismo comisario vive una experiencia alucinante. En un paseo por una cornisa montañosa, salva a una mujer que había resbalado al borde del abismo, y sólo se sostenía de los brazos de su esposo, apuntalada apenas en un pequeño hueco en el que apoyaba la punta de uno de sus pies. No sin esfuerzo, logra izar el cuerpo hasta apartarla del vacío siniestro, para luego pedir ayuda.

OJOS CERRADOS.

Horas después, el comisario, repasando tal vivencia. advirtió un detalle muy particular. Tanto en los desesperados momentos en que trataba de colaborar con el esposo, para sacar a la mujer de tal tremendo trance, como en los minutos posteriores. cuando se esperaba el arribo del auxilio médico, ella no sólo había permanecido en silencio, sino que no había abierto nunca los ojos. Incluso, internada ya en una clínica, pasaban las horas y sus párpados parecían sellados. Poco a poco, Montalbano llegó a la verdad. Las huellas físicas del descalabro eran más bien leves, pero las consecuencias psicológicas eran devastadoras. No sólo por la espantosa experiencia de tener el abismo abierto a sus pies. En realidad, la mujer, ESTABA RECHAZANDO LA PRESENCIA MISMA DE SU MARIDO, que terminó confesando que, al sentir el primer grito de desesperación, atina a ver las manos de su esposa aferradas a una pestaña saliente de la roca. Y mientras la mujer se reiteraba en sus desesperados llamados, él permanecía en silencio, quieto, como paralizado. Ya que esa situación podía ser la solución que le daba el destino, de liberarse de la esposa, que ni siquiera sospechaba que, desde hacía dos años, estaba viviendo una situación paralela con otra dama. Fue en esos instantes que la mujer comprendió la razón por la cual su marido no respondía a sus gritos. De pronto, ella calla. Se produce un silencio insoportable, y el espanto de ese mismo silencio, le impulsa al hombre a asir las muñecas de su esposa. Es cuando ambos se miran, en una mirada interminable, hasta que, luego, la mujer cierra los ojos definitivamente.

VÉRTIGO Y TEMOR

Montalbano termina su relato volviendo mentalmente a la pestaña del precipicio, y le parece ver el rostro de la mujer desesperada vuelto hacia lo alto, como lo hacen aquellos que se están ahogando. Y reconoce que, en su propio interior de recio policía, reinaba el miedo. Le asustaba internarse en los abismos del alma humana. Sentía una especie de pánico, PORQUE SABÍA MUY BIEN, QUE. EN EL FONDO DE UNO CUALQUIERA DE ESOS SALIENTES, HABRÍA INVARIABLEMENTE ENCONTRADO UN ESPEJO QUE REFLEJABA SU PROPIO ROSTRO. Cuando terminé la lectura, quedé meditabundo, ensimismado, con una sensación indefinida de placer por la hermosa pieza literaria, pero de angustia por las reminiscencias que invadían mi mente. Recordé de pronto los 8 años en los que puse todo mi empeño para honrar la función de Tribuno de Cuentas con que Villa María me había distinguido. Y la comprobación reiterada de diversos actos de gestión que asomaban como hechos notoriamente corruptos, pero que no tuvieron correlato en la voluntad de los magistrados judiciales para investigar en profundidad tales circunstancias. Y ME PREGUNTÉ SI TODOS ELLOS, POLÍTICOS Y JUECES, NO TIENEN HOY TEMOR ALGUNO DE ASOMARSE POR UN INSTANTE AL ABISMO DE SUS PROPIAS CONCIENCIAS, Y ENCONTRARSE CON UN ESPEJO QUE LES DEVUELVA EL REPUGNANTE ROSTRO DE LA IMPUNIDAD Y LA ARBITRARIEDAD MAS DENIGRANTE.

Escribe: JOSÉ NASELLI   Ex Tribuno – Vecino

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