domingo , 27 mayo 2018

Agustín Tosco: la contracara de un sindicalismo vergonzoso

Por. M.A  –   Hoy se ha puesto sobre la mira el papel de una burocracia sindical que termina, con muchos de ellos siendo unos simples delincuentes que poco y nada les preocupan los obreros. Algunos ya fueron entre rejas, pero son infinitamente más lo que siguen gozando de la impunidad del poder.

Es por eso y en honor a uno de los dirigentes más emblemáticos que ha tenido el país, tal vez el de mayor coherencia en sus convicciones, rescatados en el presente escrito que fue enviado a EL REGIONAL hace años. Una narrativa conmovedora. Sé que su autor era un ferroviario, Juan Carlos Cena,  que con belleza literaria descifra  los últimos días de la vida del Gringo Agustín Tosco, ya en la más rigurosa clandestinidad. En memoria de un dirigente con mayúsculas vaya este escrito…

La conspiración de los iguales

A los compañeros que participaron de estos hechos a más de 30 años del Cordobazo. El represor, desencajado, grita, gesticula y no  entiende.

-¡¿Cómo que no está?! ¡¿Cómo que no lo escuchan?!

¡Peinen Córdoba! ¡Rastrillen, rastrillen!

-Ya lo hicimos Comisario, no hay rastros.

-¿Sólo la ciudad? ¡No, carajo! La provincia, todo el territorio. Yo sé que está aquí, lo siento, lo huelo…

-Rastrillamos desde Ojo de Agua, Tulumba, Deán Funes, Quilino, la zona de Ascochinga, las sierras y tras las sierras, al sur, por sus pagos: Coronel Moldes y pueblos vecinos, los barrios y nada, ni rastros.

-Continúen, ¡todos a buscarlos, todos! –grita el Comisario.

-Están todos, hasta los que tenían parte de enfermo, todos salieron a buscarlo. Sólo encuentran silencio.

-¡Pero, carajo! ¿Y sus compañeros, qué dicen, qué comentan?,

¡Qué me vienen con el silencio, alguien, alguno debe decir algo!

-Persigan las miradas, es una orden. Esas miradas  tienen huellas, recorrido, ¡aprendan carajo! ¡Tienen olor, olor!

-Y en el taller, donde  trabajaba, ¿qué dicen, qué comentan?

¿No hay conversaciones, comentarios, chismes, ah…?

-Es un obrero común, sin antecedentes, ya lo investigamos.

-¿Cómo? ¿Y eso no les dice nada? ¡Ustedes no ven!

¿No se dan cuenta que si limpia, ordena y guarda las herramientas es que lo esperan?

¿Que está dentro del territorio y que es mentira lo de su enfermedad?

¿No se dan cuenta de que no es esperanza sino certeza de que Tosco regresará? Sí, certeza es lo que tienen, certeza de que regresará. ¡Lo esperan!

-Señor, el que limpia, ordena y guarda las herramientas, según nuestros informantes, dice que hace eso porque aún las herramientas no son suyas, sino del Gringo, y que además, que las cuida porque él le enseñó el oficio, y eso nunca dejará de agradecerlo.

-¡Son macanas! ¡Búsquenlo! No jodan con más boludeces-brama el

Comisario García Rey, hombre de confianza del brigadier Raúl Lacabanne y de López Rega.

En septiembre del l974 la Triple A asesina al abogado Alfredo Curuchet, defensor de presos políticos, y al negro Atilio López,

Ex secretario general de UTA y ex vicegobernador de Córdoba. En octubre es allanado el Sindicato de Luz y Fuerza y el juez ordena la captura del Gringo y otros activistas. Tosco pasa a la clandestinidad.

 

No hay pausas, a todo tiempo, en cualquier lugar, requisas, allanamientos, se sigue a la gente, los amigos, la familia, si compra de más o de menos en el almacén, vigilado el barrio, el sindicato, los centros vecinales… Su salud es delicada, pero debe viajar a Buenos Aires. Partidos y organizaciones políticas –en especial el PRT, en nombre de otras agrupaciones guerrilleras ofrecen una tregua, le solicitan que sea prenda de unidad entre todos los que oponen al golpe de estado en gestación. Él es el único escuchado y respetado por todos, ferviente defensor de la unidad. Decide viajar. No hay consejo que

lo detenga, ni la sola insinuación de su estado de salud: cuando se lo mencionan se cabrea de lo lindo. Raúl Lacabanne, el interventor de Córdoba, impuesto por el gobierno central, presiona en forma permanente a la policía reclamando su captura.

-El Gringo tiene que viajar, hay que sacarlo de Córdoba

-repiten una y otra vez los compañeros que están con él en todo momento.

-¿Cómo? -es la respuesta afligida. Córdoba está cerrada en todas sus salidas, carreteras, aeropuertos, ómnibus, las estaciones del ferrocarril. Les cuentan la aflicción, piensan entre todos y resuelven conspirar juntos. Es una conspiración obrera, de iguales. Y la imaginación aparece y se asocia a ellos, esta vez en forma colectiva.

-¡Novedades! -requiere García Rey.

-Ninguna, señor Comisario -es la repuesta unánime.

-¡¿Cómo que ninguna?!

-Dicen nuestros informantes que por los barrios, por las usinas, en el taller del Villa Revol, en todos lados, Tosco se volvió invisible, “porque si el pueblo quiere, te hace invisible”.

La gente está más tranquila ven  pasar una hebra seca de amor seco montada en una brisa y joden con que ahí va el Gringo.

-¡Cómo mierda se va a volver invisible! ¡Lo único que falta, que entremos en brujerías y en creencias del campo, boludeces!

-Lo hicieron invisible, señor, y eso que dijo este tipo rueda por

Todos lados.

———

El Rayo de Sol está en el andén.

La formación del tren ha entrado reculando, furgones postales y de encomienda, coches de clase única, de primera, coche comedor, pullman y los dormitorios al final.

Éstos enfrentan la entrada principal de la Estación del Ferrocarril

Mitre.

El Rayo de Sol partirá a las 22 horas. Es el día elegido por los conspirados, la imaginación colectiva en acción.

Tosco está ya en la ciudad, concreto e inmaterial a la vez.

El reloj marca las 21,50. En eso, todo se oscurece. Un apagón imprevisto, ¡qué contrariedad! Los gritos, las exclamaciones, el quejido por el miedo a las tinieblas, y la inmovilidad que genera. La  Estación de tren, la terminal de ómnibus, las calles, los semáforos. Sólo dos pequeñas linternas alumbran los  escalones de entrada a la estación, como dos diminutas luciérnagas iluminan los pasos del Gringo Tosco. Dos compañeros van a su lado, como vaqueanos y custodia. Él se deja orientar, son de su absoluta confianza. Entran al andén. Le señalan el coche dormitorio correspondiente. En las escalerillas el camarero los guía hasta el camarote designado, quedan dos junto al Gringo, se cierra la puerta. Bajan y se esconden.

El auxiliar de la Estación del Ferrocarril Mitre hace sonar las primeras campanadas, las de las 2l,55.  Todo es ajetreo, cinco minutos de  apagón retrasaron los quehaceres. El reloj marca las 22 horas. Fueron los cinco minutos más largos de todos los tiempos. Las últimas campanadas anuncian la partida.

———-

Comienza a estirarse la formación de coches, se mueve y se va lentamente…

Unos agitan saludos, otros silencios. El farol rojo titilante del último coche señala la lejanía. Los conspirados se disuelven. Uno de ellos en la oficina de Control Trenes, transmite en morse y en clave que el tren ya partió. Estación Ferreyra, la locomotora acelera y el traqueteo de los rieles se hace música.  Villa María, se detiene el tren, es parada por diagrama. No hay requisa.

El Gringo reposa, dormita, a veces sueña y recuerda lentamente los rostros de los compañeros, las asambleas al aire libre, las discusiones con los estudiantes, las agarradas con Alberti, las opiniones del Flaco Canelles, la solidaridad del doctor Illia, la polémica franca con Santucho, la ternura hacía  Atilio López; la familia, ¡ah!, la familia: los hijos, las cartas escritas desde la cárcel a Malvina y al Agustín, cuánto amor le ponía a cada palabra; los vecinos, tanto tiempo sin verlos; Trelew, Villa Devoto, la escuela de Artes y Oficios, las herramientas.  Se duerme y despierta al rato sobresaltado…, piensa en los riesgos que corren los compañeros que lo acompañan. Los dolores crecen.

-Está todo bien, Gringo, descansá, todo va a salir bien.

El Gringo entra  en un largo sueño, y se aquieta.

Dos golpes de contraseña. El camarero les anuncia:

-Rosario. Uno de ustedes tiene que bajar conmigo.

Recién ahí, en ese momento, se dan cuenta de que están fuera del territorio cordobés, que las babas del represor no los salpicará.

Comienzan las maniobras del cambio de locomotora.

-Nos detendremos pasando la estación León Suárez

-dicen los compañeros fraternales. Estén preparados, es una estación urbana no autorizada. Ahí habrá otra posta de compañeros que recibirá al Gringo. Ustedes se quedaran en el andén. Tomaran el tren local, otros compañeros los guiarán.

La pareja de maquinistas que tomaron la posta en Rosario nunca

Condujeron un tren tan  silencioso: emoción del último tramo,  responsabilidad de transportar una carga tan preciada. Qué honor. Temprano, dos golpes convenidos anuncian al camarero que les alcanza agua caliente, para el mate o té, bizcochos. Va clareando.

-¿Dónde estamos? Pregunta el Gringo

-Ya en Provincia de  Buenos Aires…

-Entonces, ¡los cagamos!

-Así es, falta poco, todo va bien, tal cual lo pensamos.

 Los  ojos de Tosco toman otro brillo.

Sonríe, mirándose el empilche ideado para despistar.

Otra vez dos golpes a la puerta.

– Dos estaciones más y se detiene apenas, estén atentos. Frena suave el tren, la delegación  desciende despacio, los que esperan en la plataforma de la estación suburbana se hacen cargo. El camarero da salida al tren flameando el banderín rojo, que no es lo reglamentario, pero sí lo acordado.

II

 

Como a los tres meses el Gringo regresa a Córdoba. Habla y habla

Hasta el agotamiento con todos, todos dicen que sí, pero nadie concreta la unidad. El golpe militar viene marchando, afinando los aprontes; se suman a ello, el hastío de la gente por Lastiri, López Rega y la Isabelita. La salud de Tosco se deteriora en forma acelerada.

De nuevo:

-Hay que sacar al Gringo de Córdoba.

Tosco quiere que lo siga atendiendo su médico de cabecera, así tengan

Que trasladarlo. Aparecen ofrecimientos de partidos políticos, organizaciones guerrilleras, personalidades independientes ofertando todo para cuidarlo.

De nuevo rumbo a Buenos Aires, se busca otra vía: una ambulancia. El Gringo se ha dejado crecer la barba, su delgadez, y otros arreglos cambiaron su fisonomía, es otro. Otra vez se les escapa el Gringo a los represores.

Una risa en falsete es la respuesta. Tosco es internado, lo someten a todo tipo de tratamientos y consultas. Se recupera despacio. Delgado y débil, Agustín comienza a ensayar algunas caminatas en la misma pieza y a mantener conversaciones con los médicos. Al tiempo vuelve a agravarse, cayó nuevamente en un sopor y el cuadro se transformó en irreversible. Muere el 5 de noviembre de l975.

Después es trasladado a Córdoba, vía Rosario. Los compañeros y el pueblo lo siguen manteniendo invisible.

Lo velan en el Club Redes Cordobesas, en el barrio General Paz. Mucha gente muestra allí su desconsuelo. No lo pueden creer.

Él, que ha sido invisible al represor, no ha podido con la muerte, ella lo ha materializado. Una lluvia torrencial y granizo cae sobre la

ciudad, es la tarde del 7 de noviembre. Parte el cortejo fúnebre rumbo al cementerio San Jerónimo. Una multitud nunca vista se desplaza rodeada de un fuerte control policial. Temen que el Gringo se les escape y que sólo estén portando el féretro vacío. El cementerio del barrio de Alto Alberdi es de calles irregulares.

Todo ese espacio va colmándose de gente que llega, como afluentes tributarios. Algunos cantando consignas, otros callados llenos de tristeza. Los conspirados, sus amigos más cercanos, el que limpiaba, ordenaba y guardaba las herramientas y los obreros del taller de Villa Revol llevan a pulso el cuerpo inerme del Gringo. Se arriman y lo van cubriendo de flores. El Gringo los  vuelve a convocar, los une. La unidad ha sido su enamoramiento permanente, condición para la liberación nacional, solía repetir y repetir.

El represor no puede permitir este nuevo hecho generado por Tosco.

Ordena la represión no bien el Gringo llega con el pueblo a la plaza. Miles de balas y gases se dispararon. Corridas, gritos, gente rodando, niños aterrorizados, zapatos y paraguas sin dueños, el espanto. Las babas del represor desataron la furia. Tosco, un verdadero hijo del pueblo, es llevado con suavidad por las férreas manos de sus hermanos de clase. Al Gringo nunca lo va a encontrar el represor. Los burló siempre. Todos soliviantan el cajón, todos  lo cubren, están llenos de levedad; al fin trasponen las puertas del cementerio, se escabullen en su interior, fuerzan las puertas de un panteón y lo depositan allí. Otra vez el Agustín se vuelve invisible a los ojos del represor.

Otra vez la mágica voluntad de los hijos del pueblo. Se fue el Gringo, el respetado por todos. Nos quedaron sus enseñanzas a través de su lucha y la práctica concreta de su militancia.

Otros rasgos además lo distinguían: la intransigencia en la defensa de

Sus principios, su tremenda fuerza moral y ética, su amor a la libertad; fue un rebelde obrero, duro, pero esa severidad nunca le hizo perder la ternura que le profesaba a todos los compañeros. Desde entonces, la figura del gringo Tosco se recorta lenta y obstinadamente, venciendo al silencio y al olvido, ensanchando día a día el campo de la memoria. Como si él condujera un tren memorioso, cargado con voces y palabras de hombres valerosos y dignos, y que en su último vagón portara aún el encendido farol rojo de los conspirados, que sigue titilando tercamente como un guiño cómplice, esta vez del Gringo Tosco.

El  22 de mayo se cumple un aniversario del nacimiento de Agustín Tosco (1930).

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